Siguiendo con mi idea de croquear hitos arquitectónicos de Ricardo Larraín Bravo (1879-1945), uno de los más grandes arquitectos chilenos de principios del siglo XX, quien se formó París, y que a su regreso aplicó y cuyo anhelo era «diseñar ciudad», desarrollando la corriente del higienismo en Chile, con temáticas que abordaban la crisis habitacional y la expansión urbana.
El croquis de este post ponen en valor una de las más bellas fachadas de Santiago: el Palacio Íñiguez. Dije antes que Larraín Bravo se preocupó por el higienismo, entonces, por qué me he concentrado en los palacios?. Porque son una joya y una gozada para el ojo. Simple. Porque me desafían, con sus detalles, perspectivas, decorados. No es fácil dibujar algo tan engalanado. Pero al hacerlo me siento feliz. Me concentro. Me olvido del entorno y entro en un estado de pura concentración. Claro, los palacios fueron diseñados para una elite, pero la obra de un artista se debe estudiar en su completa dimensión. Y en este proceso de inmersión en la obra de Larraín Bravo, lo primero que salta a la vista son sus obras monumentales. Pero de a poco las iré abarcando más, también las construcciones para la clase media, al menos las más importantes.

Croquis Color Palacio Iniguez en Santiago de Chile de la dibujante urbana Erika Brandner
Croquis Color Palacio Iñiguez en Santiago de Chile de la dibujante urbana Erika Brandner

Asi que vamos, con el magnífico Palacio Iñiguez: El Palacio Iñiguez se yergue en la esquina de Alameda con la Calle Dieciocho. Sería algo asi como la entrada al Barrio. Fue construido en 1908 por Ricardo Larrain Bravo y Alberto Cruz Montt para la familia Íñiguez, cuya cabeza era el matrimonio conformado por don Eduardo Íñiguez Tagle y la Sra. Loreto Undurraga. Cito un párrafo de uno de los hijos del matrimonio:

La manzana comprendida entre la Alameda, Dieciocho, San Ignacio y Alonso Ovalle era sólo un sitio eriazo rodeado por cuatro altas murallas con una gran puerta hacia la Alameda que tenía un letrero “Dios y Patria” que la coronaba.

Era el llamado “patio de las carretas” y su dueño Don José Miguel Iñiguez Iñiguez tenía su residencia en la calle Bandera 121. A este patio llegaban los productos de los fundos Tantehue y Popeta para ser comercializados en Santiago. Con el pasar del tiempo mi padre, Eduardo Iñiguez Tagle heredó dicha esquina y comenzó a edificar su casa en ella, pues residía en su fundo Santa Ana y tenía a su familia en la casa de su suegro, Francisco Ramón Undurraga Vicuña. En esta casa que se comenzó a construir en 1908 está enclavado el “Centenario Torres” de hoy. Véase sobre la ventana del tercer piso, habitación en que nació el que escribe estas líneas un medallón que el arquitecto Ricardo Larraín Bravo hizo colocar con las iniciales de mi padre entrecruzadas.

Guido Íñiguez Undurraga.

Hablemos de estilo: Por qué me gusta tanto? Porque es elegante y gracioso. Si, gracioso es la palabra. Tiene balcones curvos (dentro de mi recorrido por la obra de Larraín Bravo, he visto otros edificios con estos balcones, con rejas de fierro forjado muy engalanadas, que resaltan bajo el neoclásico imperante en el Santiago de esa época). Sus frontones ondulados realzan y engalanan la esquina, rosetones o medallones, guirnaldas y esculturas decorativas (investigo que no está claro si son dioses pero que solo se podrían catalogar como clasicos) lo hacen distinguido. Y el color: no se si siempre fue blanco, pero ese fondo hace realzar más aún los balcoones, pareciendo filigrana. Arquitectónicamente podríamos decir que mezcla Renacimiento Francés con elementos del Art Nouveau. Me fascina el Art Noveau, en sus múltiples expresiones: Art Noveau en Francia, Modernismo en España, Jugendstil en Austria. Desde la arquitectura, al urbanismo, al interiorismo, los objetos ulitlitarios y el cartelismo, una gozada estética.


La Biblioteca Nacional lo describe como un edificio de tres pisos y mansarda, con una cúpula acompañada por esculturas. Pero hay otra cosa que lo distingue: es bastante grande para ser casa familiar pero su primer piso o planta baja, nunca fue habitado, sino que se concibió desde sus inicios para albergar locales comerciales. Una enorme casa familiar con locales abajo. No muy común. O era uno o era el otro, excepto un gran exponente: la Casa Colorada, ahi, cerquita de la Plaza de Armas, hogar de Mateo de Toro y Zambrano más de un siglo antes que el Palacio Iñiguez y que en su primer piso también albergaba locales comerciales. Hoy el Museo de Santiago.

Entrada Confitería Torres en Palacio Iñiguez de Santiago de Chile - Croquis de Erika Brandner
Entrada Confitería Torres en Palacio Iñiguez de Santiago de Chile – Croquis de Erika Brandner

Y aqui comienza una verdadera leyenda: corría el año 1879 y el Sr. don José Domingo Torres, se desempeñaba como mayordomo de la mansión de la Familia Fernández. Tan alabadas eran sus preparaciones reposteras, como los alfajores y mistelas que muchas familias lo pedían en préstamo para sus eventos. El problema fue que al cabo de un tiempo, el Sr. Torres pasaba más tiempo en otras mansiones que en la del Sr. Fernández. Asi que este, sin despedirlo, le anunció que le abriría un negocio. Así nació la primera Confitería Torres pero no en el Palacio Iñiguez, sino en Ahumada con Huérfanos. Como acudía gente de alta alcurnia y de la política e intelectualidad, el local se trasladó al Palacio Iñiguez, donde funciona hasta el dia de hoy y que en el croquis de la fachada se distingue como la zona rosada. Allí nació el Cola de Mono y el Barros Luco. La Confitería está desde el 2001 en manos de la familia Soto Misseroni y tiene otros dos locales más en Santiago. A mi personalmente me encanta porque es…bella. Antigua. Con detalles para pasar cómodamente horas, disfrutando un té y observando el tiempo pasar.

Interior de Confitería Torres Palacio Iñiguez - Croquis de Erika Brandner
Interior de Confitería Torres Palacio Iñiguez – Croquis de Erika Brandner

El palacio se incendió en el año 2013 lo que lo dejó al borde del derrumbe. Pero fue restaurado por el dueño actual del edificio: El DUOC UC, una de las instituciones clave en la Educación Superior Técnico Profesional de Chile, habilitándolo para albergar la sede Alonso de Ovalle, con sala de exposiciones, biblioteca, talleres, laboratorios, salas de clases y auditorio. El Duoc UC ha resignificado varios espacios patrimoniales para que las nuevas generaciones comprendan la importancia del lugar donde estudian y hacer así un aporte concreto a la historia de Chile. Un grupo de jóvenes titulados de la Escuela de Construcción junto a Irarrázaval Arquitectos, llevaron a cabo un trabajo de 16 meses de rescate a la edificación, que pasó a formar parte de la sede Padre Alonso de Ovalle, albergando a cerca de 1.500 alumnos.

Este y otros palacios permiten entender cómo era el Santiago de las élites alrededor de 1900. Siempre me sucede que, caminando o mirando un edificio antiguo no puedo evitar imaginar cuantas personas vivieron, amaron, sufrieron, dolieron y pasaron por esos espacios, caminaron por esos suelos antes que yo, soñaron antes que yo. La arquitectura es para mi como dibujante, el unico testimonio «dibujable», valga la redundancia, palpable, de algo que ya no existe. Como una pieza arqueológica. Por eso me duele el deterioro de las antiguas construcciones. No podemos juzgar el pasado con el conocimiento del presente. Tal vez podemos molestarnos por lo injusta que fue la sociedad – y sigue siendo, pero un edificio no tiene la culpa de ello, son siempre las personas detrás. Y para entender el presente hemos de saber que hay una historia que nos llevó a ese presente.