ACERCA DE MÍ

SIEMPRE HAY BELLEZA PARA QUIEN LA QUIERA VER

 

Erika Brandner croqueando Casa Central U de Chile

Desde chica me dijeron que era buena para el dibujo. Con los años tengo mi teoría: dibujar bien es, sobre todo, mirar bien. Y yo miro. Gente, lugares, formas, luces y sombras.

Cuando dibujo en la calle me concentro tanto que solo puedo estar ahí, en ese momento. Para mí es una meditación con los ojos abiertos.

CÓMO LLEGUÉ HASTA AQUÍ

Durante años trabajé en algo que me pedía vender, ganar, ser fuerte. Cuando lo dejé necesité equilibrarme, y pinté mujeres. Después me di cuenta de que era turista en mi propia ciudad y salí a conocerla con la croquera en la mano. Más tarde llegó el caballo chileno, unido a mis raíces y al patrimonio: el de pura raza con el registro más antiguo de Sudamérica.

Por mucho tiempo pensé que tenía que elegir un tema. Hoy sé que no. Lo que une todo es la manera: agua, tinta y papel, un gesto rápido que no corrijo.

Erika Brandner pintando diosas en el taller
Erika Brandner pintando al aire libre
Erika Brandner croqueando yeguas

UN POCO DE MÍ

Simple. Menos es más, en todo. No me atrae acumular cosas. Andar lento y liviano por la vida es mi forma de libertad.

Aprendiz. Me fascina aprender. Si algo hay que hacer, busco cómo y lo hago: he sido jardinera, pintora de muros, electricista, carpintera y la computina de la casa.

Lectora. Prefiero un libro a una serie. Me gusta imaginar.

De café. Más que la comida, me importa el momento: un lugar lindo, buena música, un café o una copa de vino conversada. Muchas veces, con la croquera abierta.

Erika Brandner croqueando en un matrimonio al aire libre

Croqueando un matrimonio, mientras ocurría.

Erika Brandner entre parras de viñedos chilenos

TAMBIÉN SOY GUÍA

Recorro la zona central de Chile con viajeros, sobre todo en alemán y también en inglés: Santiago, Valparaíso y los valles del vino (Maipo, Colchagua, Casablanca). Les cuento la historia y la arquitectura, pero también lo que no está en los edificios: cómo somos los chilenos, nuestras tradiciones, nuestra forma de hablar. Y el vino, que me acompaña desde hace más de treinta años y que sigo aprendiendo copa a copa.

Todo eso lo traigo de casa. Mi madre es huasa de Colchagua y me enseñó a valorar lo huaso, el mate y la sabiduría de los dichos del campo. De ahí viene lo que cuento, lo que ilustro y lo que pinto. Para mí, el patrimonio también está vivo: en un caballo, en un baile, en la forma de hablar.

¿Tienes algo en mente? Escríbeme.

CONTACTO →