¿Quién no se ha maravillado con este gigante? Monumento Histórico de Chile, es para mi como el guardián del Barrio La Bolsa, el vigía, el testigo, la puerta de entrada y salida de uno de mis barrios favoritos del centro: un barrio monumental, histórico, bien preservado, y sorprendentemente calmo y silencioso a pesar de estar pegado a la Alameda. Y ahora que hay cafecitos de especialidad y que se vienen proyectos, entusiasmada y esperanzada en este Santiago que renace.
Siempre paro aquí mismo donde hice el croquis. Es un buen lugar para mostrar el entorno completo: la Casa Central de la Chile al frente, el Metro, el barrio entero. Y además da pie para hablar de una realidad del pasado, porque cada edificio es el vestigio de una época, de un uso, de una forma de vivir.
Ahí siempre digo lo mismo, a las nuevas generaciones y a los turistas: no podemos juzgar el pasado con los criterios del presente. No somos los mismos y las circunstancias vitales no son las mismas. Y al revés, puede ser un gran ejercicio de tolerancia — y de agradecimiento por lo que sí hemos logrado.


Un club para poder conversar
El Club de la Unión se fundó en 1864 como un lugar de tolerancia política entre liberales y conservadores, que por decir poco estaban "distanciados" desde la Independencia. Faltaba un sitio donde debatir ideas sin que la cosa terminara mal. En ese punto parece que hemos aprendido poco 🙁 Eso sí, hay que decirlo completo: accedía una élite masculina, al estilo de los clubes ingleses que le sirvieron de modelo. Era un espacio de conversación, pero también de pertenencia y de filtro.
La relación con la Iglesia de las Agustinas:
El edificio que vemos hoy es la cuarta sede del Club. (Antes estuvo en:Estado 36, Alameda 139 y Bandera 31)
Y acá aparece algo que me encanta, porque enlaza con la Iglesia de la Agustinas, que está a la vuelta. Originalmente todos estos terrenos del denominado Barrio la Bolsa eran de las monjas agustinas hasta 1912 (siempre digo a mis turistas que en el Santiago de antaño había una casa de capitán y un convento o claustro:). Bueno, lo orden loteó y el Club compró uno de esos sitios. Para la construcción del edificio soñado se lamó a concurso y ganó un arquitecto francés: Henri Grossin, quien había trabajado con Emile Jéquier en el Palacio de Bellas Artes —el mismo Jéquier de la Bolsa de Valores). Pero Grossin murió en un accidente de aviación antes de poder construirlo.
Luego de la tragedia, se hizo borrón y. cuenta nueva, como en buen chileno y se le encargó la construcción a quien había quedado en segundo lugar: Alberto Cruz Montt. Un orgullo pues es uno de los primeros arquitectos que podemos llamar "chilenos". Aunque se haya formado en Francia y su arquitectura mostrara claras influencias europeas, era la tendencia de las urbes que se acercaban a la modernidad en los primeros años del siglo XX. A él debemos gran parte de los tesoros que aún se conservan en Santiago: El Palacio Íñiguez (en conjunto con otro gigante: su cuñado Alberto Larraín Bravo), el Edificio Ariztía — el primer rascacielos de Santiago, también en el Barrio la Bolsa y visible desde donde hice este croquis, entre muchas otras obras.
El edificio se terminó en 1925 y durante el proceso de construcción la obra tuvo varias cambios. Algo notable es la importancia de "Muebles Cruz Montt", emprendimiento de Alberto y su hermano Carlos. Eran bien prolíficos los arquitectos de esa época: proyectaban el edificio y además le hacían los muebles.


Y de qué estilo arquitectónico estamos hablando:
Se lo describe como NEOCLASICO ECLECTICO, pero desglosemos un poco esas palabras:
Neoclásico quiere decir que vuelve al repertorio de Grecia y Roma: columnas, frontones, cornisas, proporciones heredadas. Ecléctico quiere decir que el arquitecto no se ata a un solo período, sino que elige libremente de varios — algo del Renacimiento, algo del Barroco, algo del Luis XVI francés — y los combina en una sola composición. No es falta de criterio: era el método que se enseñaba en París, donde se formó Cruz Montt y el que vemos bastante en nuestro Santiago.
Ese método, el de la Escuela de Bellas Artes, se reconoce en cómo está ordenado el edificio. Si uno mira la fachada desde abajo hacia arriba va a distinguir 3 franjas:
- Un basamento, la parte de abajo, más pesada y maciza, que asienta el edificio en la calle.
- Un cuerpo principal, el de las columnas y los balcones, donde está la vida noble del edificio.
- Un coronamiento, la cornisa de arriba, que lo cierra y le pone tapa.
Es exactamente la misma lógica de una columna clásica — base, fuste, capitel — aplicada al edificio entero.

La esquina, las columnas, la escalinata
Algo que destaca y es uno de los motivos por los que me gusta tanto este edificio y el por qué me senté justo a tomar ese ángulo en mi croquis: se agradece en el "damero" santiaguino: la esquina no es recta sino Cruz Montt nos regala un espacio para esperar, una curva que invita a estar porque puedes mirar a ambos lados a la vez. La denominada "rotonda de la esquina". Y ademas, los balcones están justo encima y hay hasta jarrones que engalanan.
El eficicio se ve más alto porque tiene columnas de doble altura: de "orden gigante". Es como una ilusión óptica porque podría haber usado una columna por piso, pero no, ese gesto único lo hace solemne y descansa la vista. Una engolosinada para dibujar.
Y que las columnas sean "corintias": el más florido de los órdenes griegos, con un capitel cubierto de hojas de acanto. Se dice que elegir corintio es elegir celebración. Si bien no se ve tan bien en mi croquis, el acceso se logra por peldaños, hay que ascender, simboliza un filtro social hecho de piedra.

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